brillo abrigo
Ya no hay ojos que habiten ese brillo. De hecho, si no fuera por las ocasionales linternas de los investigadores ya no existiría. Ese brillo es la manera que tiene el agua de hacerse visible, y de ello depende en gran medida la conservación de las pinturas de Altamira. Unas pinturas todavía húmedas, todavía frescas; por eso brillan. Lo curioso es que las mismas aguas que las mantienen vivas, que crearon su abrigo horadando la roca hasta hacerla habitable y que las protegieron del exterior colapsando su acceso también las arrastran; borrándolas y amenazando su integridad. Y en el equilibrio del brillo está la clave.
Las filtraciones del agua exterior y sus desplazamientos hacia el interior de la roca caliza –propios del sistema kárstico– forman parte de los procesos de arrastre de los pigmentos de Altamira. El flujo del agua conecta así el paisaje exterior con el interior. Y a su vez nos conecta con nuestros antepasados, ya que el agua de hoy es, con todas sus vicisitudes, la misma de hace cuarenta mil años.
Se podría pensar en Altamira como un abrigo de pintura. Un abrigo creado por el agua que se habita en convivencia con sus brillos. Una pintura que protege y que tiene que ver con el tacto, con las manos, con la textura de la superficie, con la idea de piel y corteza, pero también con lo líquido y con algo tan intangible como el brillo. Sostener el brillo es un imposible; desaparece en el mismo instante en el que la superficie se seca. Buscar otros recursos para hacer visible el agua una vez perdido el brillo ha sido uno de los motores de este proyecto.
‘brillo abrigo’ es un trabajo específico realizado íntegramente en el entorno de Altamira que parte de conectar dos cuestiones esenciales en su pintura: la presencia visible del agua a través del movimiento y sus posibilidades de ser entendida como abrigo o refugio, jugando con las relaciones exterior-interior, amenaza-protección. Llevando a cabo una serie de procesos performativos inspirados en los propios cursos naturales que construyen y transforman el paisaje de Altamira (como el arrastre de pigmentos a través del agua) y a partir de materiales propios que conforman su naturaleza como el agua del lugar y los minerales de óxido presentes en sus pinturas (utilizando únicamente para los ocres, rojos y negros minerales de óxido de hierro como la hematita, la limonita o el manganeso). Entendiendo la pintura y el paisaje como procesos líquidos, en constante movimiento y transformación, capaces de diluir diferentes temporalidades y de mudar en cualquier momento su naturaleza.
Todas las imágenes de instalación y documentación de la acción han sido realizadas por Carmen Verdú