umbra
Imaginen un objeto cualquiera, uno que no reconocen, un material cualquiera contenido en una forma que se resiste a ser definida. Hasta que no lo nombren ese objeto no es nada, apenas existe. Imaginen otro objeto a una distancia prudencial del anterior, otra forma, otra materia, otra masa cualquiera. Hasta que no la nombren, no existe ninguna relación entre ambos. ¿Quién, entre todos los observadores anónimos y mudos, posee la prerrogativa de darle un nombre a aquello que aún no lo tiene? Todos y ninguno, puesto que poner nombres a las cosas es una tarea para- dójicamente anónima. Todo nombre es, además, fruto de un desarrollo histórico. Eso sí: cuanto más lejano, menos rastreable, como una huella que se borra con el tiempo.
Imaginen ahora que ambos objetos existen, que tienen nombre, que se ha llegado a un acuerdo para dárselo, que ese acuerdo es convencional, de todos y de ninguno, y que sobrevive inmutable a las estaciones del año, a los años, a las edades y a las eras. Ambos objetos y la relación que han establecido tienen, por fin, un significado que puede ser transmitido, matizado, discutido y, finalmente, rechazado. En pocas palabras, existe, por fin, conocimiento: el objeto ya no está mudo, ya no está solo, ahora convive con multitud de formas, todas definidas, todas significantes, todas ordenadas, dispuestas sistemáticamente a la luz de un lenguaje claro. Si este haz de relaciones se transmite con éxito y sobrevive se convierte en ciencia, la que hace el pasado comprensible, al presente progresivo y al futuro predecible.
Tan incontestable es el éxito de este lenguaje universal que, como suele ocurrir con el éxito, acaba por olvidar su origen: una mirada de asombro, una interrogación sin respuesta, un primerísimo diálogo entre lo mirado y quien lo mira. Así, forzando la amnesia, la ciencia impone interpretaciones, dirige las preguntas y señala la dirección correcta de las respuestas. Y lo hace porque el sujeto que conoce comparte con sus semejantes las mismas categorías. Si no, no sería posible que la cera fuera la misma cera después de haberse derretido, de haberse esfumado, de haber inaugurado, con Descartes, un método de conocimiento universalmente válido.
No es casualidad, o si lo es no lo parece, que la cera sea el material protagonista de esta expo- sición. Esta vez, sin embargo, no ilumina ningún método ni allana el camino de ningún descubrimiento. Esta vez, la cera oculta los hallazgos, revierte el proceso. El gesto del artista es claro: de vuelta a la sombra, los objetos catalogados se vuelven desconocidos, como los contornos que se difuminan detrás de una niebla. El gesto, insisto, es claro: devuelve el objeto a su origen sin nombre, al asombro y a la pregunta primera y, por lo tanto, a la posibilidad de un nuevo diálogo entre observador y objeto observado.
Sin la mediación de un sistema establecido de signos, conceptos y categorías, las posibilidades de interpretación se multiplican, una apertura hermenéutica que es más propia de la experiencia estética que de la razón disciplinada de las ciencias. El mérito se encuentra, aquí, enterrado: bajo capas nuevas, el objeto de conocimiento, descrito, catalogado, concreto y unívoco, deviene, por voluntad del artista, obra de arte, única, abierta y polisémica. Qué clase de conocimiento ofrece esta nueva obra-objeto dependerá de quien la contemple. Será un asunto privado, anónimo y, sin embargo, real.
«velar para ver» texto De Santiago Mazarrasa.