Joan Fontcuberta – Museo Nacional de Altamira

Glosa Umberto Eco en su libro Viajes en la hiperrealidad (1983) la obsesión en la cultura occidental para crear duplicados de la realidad. Entre las razones de ese propósito se encuentran el esfuerzo para comprender y el ánimo de no olvidar. Como muestra tenemos los dioramas: dispositivos de representación que condensan, en un espacio limitado, la recreación de una escena, a tamaño real o a escala reducida, por medio de maniquíes, animales disecados y objetos varios frente a una combinación de decorados y fondos pintados. Sus modalidades más antiguas aparecieron en el siglo XVI y desarrollaban temáticas religiosas, que han derivado en los belenes actuales, pero fue Louis Mandé Daguerre quien acuñó el término en 1822 y los configuró como las instalaciones que conocemos en la actualidad, entre la escenografía teatral y la museografía científica.

Desde una perspectiva teórica, el diorama puede entenderse como un artefacto de producción de realidad. No documenta un hecho: lo organiza. No registra un acontecimiento: lo escenifica. No interpreta una situación: la recrea. En este sentido, anticipa muchas de las lógicas contemporáneas de la imagen, donde la frontera entre documento y ficción se difumina.

Cautivado precisamente por esa ambivalencia, recurro al caso paradigmático de la Neocueva de Altamira como ocasión tanto para recuperar de mi archivo fotografías de dioramas realizadas a lo largo de décadas, como para ocuparme, en trabajos de factura expresa para esta exposición, de los modelos de visualización del hombre de las cavernas. Fotografiar dioramas implica hacer réplicas de las réplicas, simulacros de simulacros, ficciones de ficciones.

En la cultura visual contemporánea, el diorama ha adquirido, pues, una dimensión metafórica. Se convierte en una figura de la propia imagen: un montaje que simula transparencia mientras exhibe su construcción y genera una realidad paralela. En consecuencia, prestarle atención permite entender la naturaleza escénica de toda representación, así como la ineludible persistencia del artificio en nuestras percepciones del mundo.

Pero los dioramas no son únicamente instrumentos pedagógicos o espectáculos visuales: constituyen también documentos históricos sobre las formas de pensar de las sociedades que los produjeron. Cada diorama cristaliza un determinado régimen de verdad, una manera específica de concebir la naturaleza, la historia y el lugar que ocupa el ser humano en ellas. Lo que aparentemente se presenta como una radiografía objetiva del pasado es, de hecho, el resultado de sesgos y convenciones culturales. La apariencia de neutralidad histórica científica encubre a menudo una compleja trama de valores, creencias y prejuicios, que delatan nuestra sensibilidad y conocimiento como una progresión de verdades provisionales

Así, cuando observamos hoy un diorama antiguo [porque los dioramas son siempre antiguos, nuestro presente prefiere las instalaciones inmersivas de realidad virtual] no solo contemplamos una escena del pasado; contemplamos también el pasado de una mirada. Vemos tanto aquello que se quiso mostrar como las condiciones ideológicas que modelaron su representación. El diorama se convierte entonces en una máquina del tiempo de doble dirección: nos transporta al acontecimiento recreado y, simultáneamente, al momento histórico en que fue concebido.

Que Daguerre, un hombre que venía del teatro y del espectáculo, inventase tanto el diorama como la fotografía revela hasta qué punto esas dos formas de recrear el mundo y su temporalidad están conectadas. Y esta conexión no se limita a un origen común sino también a un similar tratamiento del tiempo. Los dioramas constituyen situaciones en las que la acción ha quedado congelada, como una instantánea fotográfica tridimensional: un homo sapiens pintando el techo de una caverna, un tigre lanzándose sobre una gacela, unos soldados saltando una trinchera… En este proyecto, mediante sistemas algorítmicos de visualización generativa, nos proponemos plantear que esas escenas estáticas se animen y cobren vida.

Y en toda esta retahíla de dialécticas (realidad/ficción, acción/tiempo detenido; vida/muerte, objetividad/sesgo) late el zeitgeist involuntario de la Modernidad. Por eso los dioramas aparecen como un magnífico caso de estudio: hablan menos de una verdad definitiva que de la continua negociación entre conocimiento e imaginación, entre evidencia y deseo. Y es precisamente en esa tensión donde reside su extraordinaria potencia crítica y poética.

Joan Fontcuberta

 

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