COLECTIVA. «Aguasvivas. Impulsos eléctricos»

AGUASVIVAS. IMPULSOS ELÉCTRICOS

Comisariada por Cristina Ojea y Marta Ramos-Yzquierdo
2 de abril – 28 de mayo de 2022
Irene de Andrés
Nora Aurrekoetxea
Eli Cortiñas
Mar Guerrero
Fermín Jiménez Landa
Letícia Ramos

 

… si durante una tormenta has visto una forma de medusa en el cielo con tentáculos rojos bajando en dirección a la tierra, puedes estar tranquilo […] Son ráfagas ultrarrápidas de electricidad que crepitan a través de las capas superiores de la atmósfera, entre 60 y 80 kilómetros en el cielo, y se mueven hacia el espacio”[1]

 

El latigazo urticante de una medusa lo podemos sentir como una descarga eléctrica; este impulso también se podría identificar como el que se experimenta en el momento del salto en que perdemos el control de las coordenadas en las que nos situamos al realizar viajes en el espacio y en el tiempo. Sin una dirección, sin un sentido determinado y planteando nuevas conexiones que nos pueden llevar desde las selvas de Brasil a las piscinas de Pompeya, desde el espacio estelar hasta los fondos marinos, desde los mitos de las vírgenes vestales hasta la desmitificación del lenguaje amoroso. O a caminar y sin embargo estar siempre en el número 20 de Dr. Fourquet.

Son infinitas las posibilidades que ofrecen las historias paralelas. Pueden ser cíclicas, en orden inverso y tocarse al principio y al final; terminar donde otra comienza o ser historias conectadas en las que sus personajes nunca se tocan; una acción incomprensible en una historia puede ser determinante en la otra, o que se sucedan papeles y acciones intercambiables a través de los sueños. Pero siempre, como dice el escritor Michael Ende “deberían influirse mutuamente sin que se note”[2]. Tras esa capacidad casi mágica de la ficción se encuentra el mismo criterio de verosimilitud de los relatos contados como reales, con construcciones que se quedan ocultas, con muchas historias suspendidas y con la intención de condensar las posibilidades en un solo guión plausible.

Con cada línea de narración que se abre a “un espacio otro” (heterotopía) o a “un tiempo otro” (heterocronía) podemos establecer potencialidades de nuevas lógicas. Cuerpos cristalinos y gelatinosos que se comportan de forma inquietante y resultan extraños, pero que poseen la capacidad de asociarse desde hace más de 500 años en un haz de agua a una temperatura específica. Organismos con ciclos de vida y reproducción de flexibilidad suficiente para adaptarse a los cambios, pero permanecer en su esencia. Incluso más. Dentro de un orden considerado mágico pero que simplemente es diversamente orgánico las aguasvivas, las medusas, tienen la capacidad metamórfica de efectuar una regresión molecular, de dejar de ser para volver a su comienzo. Justo antes del establecimiento del tiempo, justo después de la definición del origen. En el instante donde todo, aún, puede ser.

En el campo de la filosofía del lenguaje se habla del altermodernismo como corriente que “insiste en un pasado inconsciente, en el hecho de que ningún presente es completamente presente para sí mismo y que la única cosa que se puede narrar de un presente, al ser siempre pasado, es lo que nunca está presente”[3]. Se establece así en esta “latencia inherente del evento”, una estructura formada a flashes de información, de adición de datos en nuestra memoria cuya lectura e interpretación es el campo que las diferentes esferas de poder se disputan para establecer su relato. Y entonces, si en la milésima de segundo que transcurre cuando se siente la descarga lacerante podemos percatarnos de estos engranajes, de esta tramoya, de esta maquinaria de mitos y leyendas, de verdades imaginadas, la función comienza:

El barón Medusa, al final, se funde en un abrazo con todos los personajes después de que Jasón, el monito disecado, haya bailado siete veces de maneras diferentes su canción. Trama doméstica, pero también trama política, que Eric Satie compuso en 1913[4] y donde las músicas tradicionales de los bailes de salón de la alta sociedad se modifican al colocar hojas de papel entrelazadas en las cuerdas del piano. Cambia la música y la lógica de la exposición: “Y ese será el credo de este espacio: ser una obra de fantasía tan anómala que requiere tener extirpada toda realidad: una trampa perteneciente a la orden acalefa de animales, un capricho.”[i]

Cambia el paisaje, pero se vuelve a la misma historia: La trampa de la Medusa se representa ahora en el Black Mountain Collage de 1948. John Cage, Elaine y William de Kooning, Merce Cunningham y Buckminster Fuller, nombres ahora de las historias canónicas de las artes, rompieron con las líneas y las paredes del escenario, improvisando, riendo y elaborando desde un anti-relato un “teatro de atmósfera comunal”. Son los herederos del Dadá, del Cabaret Voltaire y del teatro del absurdo, por nombrar solo algunas de las tentativas de romper el status quo sistémico, alzado siempre bajo el signo de la razón.

A pesar de las guerras, las batallas terminan y las risas intentan resonar de nuevo, los ecos se entremezclan porque la rigidez de la lógica se ha puesto al descubierto, su funcionamiento como la mejor opción está en entredicho. A la cabeza, un animal invertebrado de la clase de los acéfalos “¡una bellísima clase!”. Sus relatos e imágenes flotan llevadas por otras corrientes, mecidas por aguas de nuevas temperaturas, organismos que son formas de vida en continuidad.

Maruja Mallo con manto de algas en las playas de Chile, ca. 1945. (hablando con C. sobre lo que dijo I. cuenta también lo que prepara I. y compartimos imágenes de otros tiempos). La medusa guardiana o protectora es un ser ctónico, que brota de las profundidades de donde también emanan las aguas vivas.  La artista que se vuelve personaje, la mujer que se vuelve ser marino en tierra firme, en una tentativa de simultaneidad y flujo continuo. Aquí la escritura -y la lectura- amplían el campo a través de una palabra que, al perder los estereotipos de la condición femenina, en “su enunciación es ambigua -la maravilla de ser varias-, no se defiende de sus desconocidas de las que se sorprende percibiéndose ser, gozando de su don de alteridad”[5], como rescata Hélène Cixous al hablarnos de Clarice Lispector en La risa de la Medusa.

Hablamos juntas, entre tiempos, entre lenguas, entre espacios, entre aguas, las que corren y se oxigenan, las que brotan del suelo y se alzan desde remotas oscuridades, desde especies ahora reivindicadas e imaginadas… No en una apología del absurdo por el absurdo, sino en el descubrimiento de las posibilidades de un estar y ser en el mundo diferente, rotos los lugares de la construcción de la lógica normativizada como posibilidad única de existencia, de la hegemonía de su narrativa y visualidad que niegan otro lugar de enunciación.

Soy Carne espaciosa que canta[6].

 

 

 

[1] Neus Palou, “Medusas rojas en el cielo: el espectacular y misterioso fenómeno ocasionado por tormentas eléctricas”. La Vanguardia, 19 de agosto, 2020.

[2] Michael Ende, “Historias paralelas” en Carpeta de apuntes Santillana SA, Madrid. 1996. Pág. 78 – 79. Isbn 84-204-2829-9

[3] Armen Avanessian y Anke Henning, Present Tense. A Poetics, Bloomsbury Academic, London, 2015.

[4] Eric Satie, Le Piège de Méduse, 1913.

[5] http://latrampademedusa.blogspot.com/2010/05/la-trampa-de-medusa.html (último acceso 28/03/2022).

[6] ibid cit. 6.

 

Galería Juan Silió
C/ Doctor Fourquet, 20. 28012 Madrid

Horario:
Martes-viernes
11:00 – 19:00h.
Sábados
11:00 – 14:00 h.